Hablemos de volver al campo
Entrevistamos a Vanesa Freixa Riba, artista, divulgadora y autora de Ruralismo, y hablamos sobre dejar de ser una urbanita en el campo, recuperar lo esencial y los retos del mundo rural.
El otro día, Juan fue al monte con un amigo a buscar setas. Después cogió la cesta, llena de boletus, y se fue a casa de su madre, donde la cambió por unos chocos recién pescados. El trueque de toda la vida.
Desde que nos vinimos a vivir a Cambados, hemos vuelto a acceder a cosas que en la ciudad eran imposibles. A huevos de casa, a naranjas recién cogidas del árbol, a tomates de la huerta y a aguacates gratis.
🥑 Pero, aunque nuestra vida se sienta un poco más rural, en realidad es bastante urbana.
¡Hola! Somos Tania y Juan, y esto es Planeta Mauna Loa. Cada semana, te contamos las noticias más interesantes y curiosas sobre medioambiente, naturaleza y cambio climático.
Hoy venimos con una nueva edición de las charlas de Planeta Mauna Loa, un espacio en el que conocer de cerca a quienes trabajan para mejorar nuestra relación con el planeta 🌱
Cuando empezamos a leer el libro de nuestra invitada de hoy, Vanesa Freixa Riba, nos reconocimos en muchas de sus reflexiones. Vanesa nació en Rialp, un pequeño pueblo de Lleida. Pero, aunque vivía allí, su pensamiento y su forma de hacer las cosas era urbana. Hasta que algo empezó a cambiar.
Entre 2009 y 2016 fue directora de la Escuela de pastores de Cataluña. Y después decidió irse a vivir a una borda (un edificio típico del Pirineo empleado para resguardar el ganado o para almacenar productos agrícolas) con su familia y unas pocas ovejas. De su experiencia nace Ruralismo. La lucha por una vida mejor, un libro que publicó en catalán hace dos años y ahora acaba de sacar en castellano la editorial Errata naturae.
La borda es casi una de las últimas edificaciones que hay en las montañas, más arriba ya no hay nada. ¿Vives en cierto modo en el borde de la sociedad?
La palabra borda viene de que es un bien borde, ya que no pagaba impuestos y solo tenía un uso temporal y práctico. Pero, efectivamente, también está en el borde, en el límite de la nieve, a partir del cual se entendía que no era posible llevar una vida más o menos cómoda.
¿Y cómo es tu vida ahora? ¿Cómo es esa casa?
Es una casa cómoda, similar a una casa urbana, pero en medio de la naturaleza. Es una casa aislada y nuestra vivencia está completamente vinculada a la tierra y al entorno. No solo vivimos en un refugio, sino también en un entorno que nos rodea y que tenemos que gestionar. Cuando empiezas a habitar en un espacio como este, te das cuenta de cómo actúa la naturaleza y de cómo puedes proveerte de ella.
Antes vivías en un pueblo, pero tu pensamiento y tu forma de hacer las cosas era urbana. ¿Por qué crees que nos pasa esto?
En el momento en que se instrumentaliza el entorno rural al servicio de las ciudades y los conocimientos tradicionales dejan de tener valor, la gente de los pueblos crecemos aprendiendo cosas que no tienen nada que ver con nuestro entorno, mirando hacia horizontes que están lejos del lugar donde hemos nacido.
La política ha dejado el mundo rural de lado. Si la gente ha ido abandonando el campo es porque no ha habido suficiente inversión pública. No pasó por casualidad. La gente se tuvo que marchar porque tenía menos oportunidades y con este abandono también se fueron dejando de transmitir los conocimientos. Y así, muchos crecimos ignorando o incluso avergonzándonos de lo que se hacía a nuestro alrededor.
Nos encanta cuando relatas cómo te das cuenta por primera vez de los cambios sutiles que empiezan a producirse a tu alrededor y que indican que la primavera está en camino. ¿Cómo se siente eso de reconectar con la naturaleza?
Nuestro instinto sigue ahí, como animales que somos. Al ponerlo otra vez en el lugar donde corresponde se despierta esa capacidad de observación, de sentir lo que sucede a tu alrededor. Es precioso, porque para la mayoría de nosotros el inicio de la primavera lo marca el calendario, pero nuestro entorno biológico nos lo marca mucho antes y es algo que forma parte también del saber popular y tradicional, aunque lo hayamos olvidado.
En este reconectar con la tierra, ¿cómo ha sido tu experiencia como pastora?
Estuve casi 10 años gestionando la Escuela de pastores de Cataluña, acompañando a chicos y chicas de 30 años en el camino necesario para vincularse al entorno y poder ser pastores. Pero nunca pensé que yo llegaría a hacer algo así. Me parecía algo dificilísimo.
Sin embargo, las cosas vienen porque tienen que venir. Fuimos a parar a este lugar, necesitábamos gestionar el espacio y la forma más lógica y natural de hacerlo era con un rebaño. A partir de ahí, aparecen otros cambios: qué hacer con los animales y qué hacer con su carne, la necesidad de vender e intercambiar… Ha sido uno de los cambios más fuertes que hemos hecho, pero a la vez también el más sencillo y natural.
En el libro hablas bastante de la relación que existe entre la forma de gestionar que se tiene en el mundo rural y los movimientos ecologistas y conservacionistas, que son más urbanos. ¿Las políticas de protección de especies como el oso o el lobo perjudican a la población rural?
Este es un tema muy delicado, con muchas caras, y a veces nos posicionamos en un lado o en otro sin intentar empatizar con las demás posturas. Si escuchamos, podemos llegar a entender todos los puntos de vista. Creo que para comprender algo también es necesario estar cerca del lugar en que sucede.
Reintroducir o proteger una especie conlleva una serie de cambios, tanto positivos como negativos. Pero creo que estas políticas se hacen, aunque parezca mentira, de forma muy superficial. Por ejemplo, llega un mandato de la Unión Europea para recuperar ciertas especies y llega un dinero para llevarlo a cabo. Los gobiernos cogen este dinero y lo hacen, pero pocas veces prevén los problemas que llegarán después.
Esto genera una tensión entre la política urbana y el entorno rural. La gente que vive en el rural se siente menospreciada, siente que nadie los tiene en cuenta. Y eso alimenta el rechazo. Al final, el lobo o el oso sufren las consecuencias de un conflicto humano.
“La mayoría de los ganaderos quiere una convivencia pacífica con el oso, pero estos conflictos han llegado en un momento en el que la población rural está muy tocada”.
¿Cuál crees que podría ser la solución?
La comunicación está rota y falta inversión. Por ejemplo, muchos de los conflictos que genera el oso en el Pirineo se solucionan con más medidas de protección, pero el gasto recae siempre en los pastores. Y si después los mastines atacan a un turista, por ejemplo, la multa la paga también el pastor.
Algo que reclama el entorno ganadero es el derecho de defensa. El oso está completamente protegido, por lo que se acerca muchísimo al ser humano, sabe que no le pasa nada. Por eso, el sector reclama poder escarmentar a estos predadores. No quiere decir matarlo, pero sí espantarlo de verdad para que tome una distancia prudencial y aprenda que tiene un competidor que tiene que respetar.
Creo que, en general, la mayoría de los ganaderos quiere una convivencia pacífica con el oso, pero estos conflictos han llegado en un momento en el que la población rural está muy tocada. Se siente como un menosprecio más por parte del entorno urbano.
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Hablamos de la España vaciada como si fuese algo que ha llegado de repente. Pero ¿cuándo empezamos a abandonar el rural?
La despoblación del rural de España ha sido una de las mayores de Europa. Sucedió en los 60 y fue muy abrupta. Hay bordas que todavía tienen heno o ramas que se habían guardado para el invierno y que nunca llegaron a usarse. En la ciudad había trabajo y salarios, se ganaba mejor la vida y se accedía a unas condiciones más cómodas. La mayoría no se lo pensó y se vació el 80 % del territorio.
Esto se propició desde la política, dejando de invertir en el rural y renunciando a generar una visión atractiva para que la gente se quedase y visualizase un futuro en estos espacios. No es una sensación de abandono, en muchas maneras es un abandono real.
“La mayoría de la población urbana hoy no tiene conocimientos para proveerse de los bienes esenciales. Esto nos hace frágiles y dependientes, vulnerables ante los cambios”.
¿Es algo en cierta manera orquestado? En tu libro también hablas de cómo el campesinado es una clase social con capacidad de resistencia ante el consumismo, porque tiene sus necesidades cubiertas.
Me cuesta pensar que alguien actuase con premeditación para desactivar una gran parte de la sociedad. Pero la consecuencia ha sido esta: la mayoría de la población urbana hoy no tiene conocimientos para proveerse de los bienes esenciales. Esto nos hace frágiles y dependientes, vulnerables ante los cambios. Necesitamos recuperar las cosas esenciales, como la alimentación.
Gran parte de nuestra producción agrícola se exporta con un modelo que agota el agua y contamina y empobrece el suelo. Somos una fábrica: vendemos los alimentos y nos quedamos con las consecuencias negativas. Necesitamos recorrer el camino a la inversa para lograr que nuestros territorios sean más sanos y resilientes, para vivir en un espacio que cuidamos y a la vez nos cuida.
Parece que estamos tan cómodos en el sistema que lo acabamos justificando todo, aunque sepamos las consecuencias que tiene. En el libro hablas también de que a veces te asalta el temor a un colapso ecológico. ¿Ves señales de ello?
Vivo en un entorno privilegiado, con mucha agua, con prados verdes y bosques que crecen. Nieva menos y llueve más y las temperaturas altas se extienden cada vez durante más días, pero sigue siendo un paraíso. Sin embargo, cuando bajo a la ciudad, veo a muchísimas personas alienadas, metidas en su teléfono y con poco tiempo para pensar en sus vidas, personas endeudadas y atrapadas en la inercia de consumir bienes materiales de manera constante e ilógica.
Con respecto a la crisis medioambiental, ¿ves señales de que todavía podemos cambiar el rumbo?
Teníamos que estar trabajando para solucionarla desde antes de ayer, pero los gobiernos no se lo toman en serio. En Cataluña hablamos de arreglar la crisis climática, pero también de ampliar el aeropuerto de Barcelona. Y tenemos las COP, unas reuniones multitudinarias con la presencia de miles de lobistas del sector petrolero en las que no se consigue cambiar el rumbo. Creo que los cambios solo llegarán por necesidad o cuando el sistema capitalista vea que con ellos puede ganar dinero.
Si pensamos a escala global, aparece la desesperanza, pero a escala local tenemos mucho margen de acción y mucha más capacidad de transformación. Creo que los cambios tienen que venir de aquí.
“A escala local tenemos mucho margen de acción y mucha más capacidad de transformación. Creo que los cambios tienen que venir de aquí”.
El camino que tú has escogido pasa por empezar a proteger el planeta desde un pequeño espacio de tierra, sin pensar en el planeta en su conjunto.
Sí, pero no todo el mundo puede acceder a un espacio de tierra en nuestro país. En algunos territorios es carísimo o, directamente, imposible. Pero hay otras formas de hacer algo, más allá de gestionar la tierra. Podemos participar en foros y reuniones, conversar sobre las soluciones o renunciar a cosas que sabemos que tienen un gran impacto, como viajar en avión, por ejemplo.
Volviendo a la acción local, hay muchas cosas que podemos hacer. No es necesario ser campesino o tener un rebaño. Podemos consumir productos locales, dejar de dedicar tiempo y dinero a cosas superfluas, poner el foco en lo esencial, participar de movimientos transformadores, implicarnos más en nuestra comunidad, construir un espacio más habitable para todos. Además, desde un punto de vista egoísta, todo esto te hace sentirte mejor contigo mismo.
Esto es parte de lo que defiende el ruralismo. ¿Cómo es esta visión que persigue ruralizar el mundo?
Es darnos cuenta de lo esencial para la vida de las personas: alimentos, agua, curas, abrigo y comunidad. Y luchar por que esté garantizado, tanto en el campo como en la ciudad. El entorno urbano necesita transformarse y naturalizarse, dejar de girar alrededor del coche y garantizar el transporte público y el espacio para las personas.
¿Por qué no plantear las ciudades como un conjunto de pequeños pueblos, los barrios, donde es posible la vida de una manera mucho más cómoda y saludable? Necesitamos reconquistar el espacio e imaginarnos las cosas de una manera muy diferente a como las hemos vivido y entendido hasta ahora.
¡Gracias por leernos! Esperamos que esta entrevista te haya gustado tanto como a nosotros. Nos hemos visto reflejados en muchas partes de esta conversación con Vanesa Freixa (y también en muchas páginas su libro, Ruralismo) 🌱
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Hasta la semana que viene,
Tania y Juan








Interesante, la visión de la gente que vuelve.
Me ha hecho recordar mi propia historia, gracias.
Yo salí de un campo, en el que no me hubiera gustado vivir, como mujer, si te quedabas y sin estudios, ya sabías lo que te esperaba, boda y bata.
En los 70, yo nací en el 58, muchas mujeres tuvimos acceso a la educación ( colegios libres adoptados se llamaban, internados para gente del campo pobre, claro.
Yo estuve en Muga de Sayago.
Se dieron muchos factores juntos, para dejar el campo.
Hoy os he leído tarde, pero me habéis dado mucho que pensar.
Lo último...
Y me vine al mar, he sido maestra en un pueblo marinero, cuando llegue,en el año 92, este pueblo, Candás, vivía del mar. Hoy apenas queda nadie, ni nada que pescar.
Me unen el abandono del campo y el abandono del mar. ¡ Qué cosas!.
Como siempre.
Gracias chicos.
Marisé
¡Qué bien leer estas cosas tan importantes!
Pero sí que es cierto que la despoblación rural fue y sigue siendo planificada para el mayor beneficio del sistema capitalista. Durante el franquismo se decidió: "Hay que expulsar a la gente del campo", y el mismo ICONA planificó plantaciones de pinos que impidieron a la gente seguir usando el terreno, o se inundaron las vegas más fértiles para embalsar el agua para la industria y el crecimiento urbano. Meternos en pisos y hacernos depender de los suministros de las grandes distribuidoras, desarmando las comunidades, no es casualidad.
Ahora nos toca revertir esa tendencia, con pocas ayudas pero muchas ganas y, desde luego, para mejor vivir. Lo digo por experiencia...